EL
FUTURO
I. Las diez mil vidas
En 2024, Meta informó que había entrenado a su modelo con quince billones de tokens: el equivalente a diez mil vidas humanas de lectura ininterrumpida. En biología, la inteligencia artificial predijo en semanas las estructuras de más de doscientos millones de proteínas, un atlas que la ciencia experimental habría tardado siglos en acumular. La velocidad y la masa del cálculo están alterando la escala de lo que podemos investigar. Pero la lección es amarga: los procedimientos que resuelven estos abismos no siempre avanzan por caminos que nuestra propia mente consiga reconocer.
Imaginemos a alguien que lee doscientos libros por año durante ochenta años. Si cada libro equivaliera a cien mil tokens —las unidades de texto que procesa un modelo—, acumularía unos mil seiscientos millones. En 2024, Meta informó que había preentrenado Llama 3 con más de quince billones de tokens: un volumen del orden de diez mil vidas de ese lector. Es una diferencia cuantitativa tan grande que desborda nuestra intuición.
En julio de 2022, DeepMind y el Instituto Europeo de Bioinformática publicaron las estructuras tridimensionales predichas de más de doscientos millones de proteínas. Para medir ese salto hay que mirar hacia atrás. En 1958, John Kendrew publicó la estructura de la mioglobina; en 1960, el equipo de Max Perutz, la de la hemoglobina. El Protein Data Bank, creado en 1971, fue reuniendo estructuras determinadas mediante cristalografía y otras técnicas experimentales: a fines de 2020 contenía unas 170.000 estructuras de proteínas, ácidos nucleicos y complejos, incluidas distintas estructuras de una misma molécula. Las cifras cuentan cosas distintas: estructuras determinadas experimentalmente y estructuras predichas por un modelo. Pero el contraste de escala es imposible de ignorar. Un atlas de doscientos millones de predicciones. El laboratorio seguía siendo necesario, pero el territorio que podía explorar había cambiado de tamaño.
Richard Sutton, uno de los pioneros del aprendizaje por refuerzo, publicó en marzo de 2019 un ensayo titulado «The Bitter Lesson» —la lección amarga— donde resumió setenta años de investigación en inteligencia artificial en una sola tesis: los métodos generales que aprovechan la computación son, en última instancia, los más eficaces, y por un amplio margen. Sutton sostiene que las estrategias construidas a mano a partir del conocimiento experto suelen encontrar un techo que los métodos generales de búsqueda y aprendizaje consiguen superar al aprovechar más computación. Búsqueda y aprendizaje: los dos métodos que, para él, parecen seguir escalando a medida que crece el cálculo. La lección es amarga porque una estrategia que podemos explicar no siempre vence a un procedimiento que aprende una que no habíamos previsto. Podemos construir el método y, aun así, dejar de reconocer el camino por el que llega a la respuesta.
II. La tragedia del horizonte
En 1988, James Hansen advirtió al Senado estadounidense que el calentamiento global ya era detectable. La concentración atmosférica de dióxido de carbono superó en 2024 las 422 partes por millón, un nivel comparable al del Plioceno medio, cuando los mares estaban hasta veinticinco metros por encima de los actuales. El daño ya ocurre, pero sus consecuencias más lentas se desplegarán a lo largo de siglos. Las instituciones humanas operan en cuatrienios electorales o metas financieras de corto plazo; el clima responde a una escala geológica. La tragedia no es la falta de evidencia: es el desencuentro fatal entre el tiempo en que se decide y el tiempo en que se vive.
El 23 de junio de 1988, James Hansen, director del Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA, declaró ante el Comité de Energía del Senado de los Estados Unidos que el calentamiento global ya era detectable y que había evidencia sólida para atribuirlo al efecto invernadero. En 1988, la concentración atmosférica de CO₂ rondaba las 350 partes por millón. En 2024, el promedio mundial anual había alcanzado las 422,8. Concentraciones comparables nos remiten al período cálido del Plioceno medio, hace unos tres millones de años: un mundo entre dos grados y medio y cuatro grados más cálido que el preindustrial, con mares entre cinco y veinticinco metros más altos. Parte de la respuesta de los océanos y las grandes masas de hielo se despliega durante siglos o milenios. Las consecuencias pueden seguir tomando forma mucho después de las decisiones que las pusieron en marcha.
Charles David Keeling empezó a medir el CO₂ en el Observatorio de Mauna Loa, a 3.397 metros de altitud en Hawái, en marzo de 1958. La primera lectura fue 313 partes por millón. Desde entonces, la tendencia de fondo de la curva que lleva su nombre ha seguido ascendiendo, atravesada por la oscilación estacional de la biosfera del hemisferio norte, que la hace respirar como un pulmón: sube durante el otoño y el invierno boreales, baja cuando los bosques del norte reverdecen, pero cada año la línea base es más alta. Es la gráfica más importante jamás dibujada por un ser humano. La curva muestra el ascenso. Los registros paleoclimáticos permiten medir su extrañeza: el aumento moderno del dióxido de carbono es excepcionalmente rápido frente a los cambios de los últimos ochocientos mil años.
El 29 de septiembre de 2015, Mark Carney —gobernador del Banco de Inglaterra y presidente del Consejo de Estabilidad Financiera— dio un discurso en Lloyd's de Londres que tituló «Breaking the Tragedy of the Horizon». La tragedia del horizonte. Carney señaló el desajuste: la política monetaria mira dos o tres años hacia adelante; la estabilidad financiera, aproximadamente una década. Muchos efectos de las decisiones presentes se despliegan más allá de esos horizontes y de los mandatos políticos. «Una vez que el cambio climático se convierta en un problema definitorio para la estabilidad financiera», dijo Carney, «puede que ya sea demasiado tarde.» El daño ya ocurre, y parte de sus consecuencias seguirá desplegándose durante siglos, mucho después de que quienes decidieron hayan dejado sus cargos. Saber no alcanza. Una parte del bloqueo está en ese desajuste: decisiones evaluadas dentro de un mandato producen consecuencias que atraviesan generaciones. El 23 de septiembre de 2019, en la Cumbre sobre la Acción Climática de las Naciones Unidas, Greta Thunberg dijo: «How dare you.» Cómo se atreven. Tenía dieciséis años. Leído desde este libro, su reclamo también era un reclamo de escala: ustedes toman decisiones dentro del horizonte de su carrera política; nosotros vamos a vivir con sus consecuencias.
III. El bisturí y el reloj
En 2012 se demostró que el sistema bacteriano CRISPR-Cas9 podía programarse para cortar secuencias exactas de ADN: un bisturí molecular capaz de intervenir en la estructura íntima del genoma. Seis años después nacían en China las primeras niñas con modificaciones en la línea germinal, y poco más tarde se diseñaban impulsores capaces de sesgar la herencia para forzar el colapso de poblaciones enteras de mosquitos en el laboratorio. La técnica actúa en minutos sobre una secuencia de nucleótidos; sus efectos pueden propagarse a través de generaciones que nadie llegará a conocer. Por primera vez, una herramienta que opera a escala de laboratorio introduce cambios en el reloj de la evolución.
El 28 de junio de 2012, Jennifer Doudna, Emmanuelle Charpentier y sus colaboradores publicaron en Science un artículo que demostró que el sistema inmunitario bacteriano CRISPR-Cas9 podía programarse mediante un ARN guía para cortar el ADN en secuencias específicas. Era un bisturí molecular, probado todavía en el tubo de ensayo. En 2020, Doudna y Charpentier recibieron el Nobel de Química. Habían desarrollado una herramienta capaz de intervenir en una secuencia de ADN y, cuando la modificación es heredable, de introducir cambios que pueden atravesar generaciones. Un corte en unas pocas letras del genoma. Un efecto que puede sobrevivir a quien lo hizo.
El 28 de noviembre de 2018, en la Segunda Cumbre Internacional sobre Edición del Genoma Humano, en Hong Kong, el biofísico chino He Jiankui presentó el experimento que había conmocionado al mundo tres días antes: la edición de embriones implantados después en una mujer, de los que habían nacido dos niñas, apodadas Lulu y Nana. Había intervenido sobre el gen CCR5 con la intención de conferir resistencia al VIH. Pero las modificaciones presentadas no reproducían la variante natural que había inspirado el experimento, y no estaba demostrado que ofrecieran esa protección. La comunidad científica mundial condenó la falta de controles éticos, el consentimiento engañoso, el riesgo de mutaciones fuera de diana y el mosaicismo genético. En diciembre de 2019, un tribunal de Shenzhen lo condenó a tres años de prisión. Pero el hecho ya había ocurrido: la edición había salido del embrión de laboratorio y había llegado al nacimiento de personas con modificaciones potencialmente heredables. La intervención fue molecular. Sus consecuencias podían alcanzar a personas que todavía no habían nacido.
La naturaleza ya conocía genes que hacen trampa en la herencia. En 2003, Austin Burt propuso usar enzimas capaces de cortar el ADN para impulsar cambios a través de poblaciones enteras. En julio de 2014, Kevin Esvelt y sus colaboradores propusieron en eLife utilizar CRISPR para construir impulsores genéticos capaces de favorecer la propagación de una modificación por poblaciones silvestres. Una variante presente en una sola de las dos copias de un gen suele transmitirse a la mitad de la descendencia. Estos impulsores pueden sesgar ese reparto: el sistema corta el cromosoma que no lleva la modificación y aprovecha la reparación celular para copiarse en él. En ciertos diseños y condiciones, la transmisión se acerca al cien por ciento. En 2018, en poblaciones de laboratorio, un impulsor dirigido a la reproducción de las hembras de Anopheles gambiae, una de las especies de mosquitos que transmiten la malaria, provocó el colapso de dos colonias en ocho y doce generaciones. La posibilidad de trasladar ese efecto al control de la malaria abría una escala de intervención distinta. Su avance fuera del laboratorio dependería de la reproducción, de la estructura de las poblaciones, de la selección y de la resistencia que pudiera aparecer. Una intervención localizada puede poner en marcha una propagación que exceda el lugar y el tiempo de quienes la diseñaron. El bisturí actúa sobre una secuencia. El reloj sigue corriendo en los organismos que la heredan.
IV. La mota de polvo
Una señal de radio enviada desde Marte puede tardar más de veinte minutos en llegar a la Tierra, y a la velocidad de la sonda Voyager 1 cruzar la distancia hasta la estrella más próxima exigiría setenta y cinco mil años de viaje. La inmensidad espacial no solo aísla: impone otra forma de mirar. Desde la órbita terrestre, los astronautas descubrieron la fragilidad de un planeta sin fronteras evidentes; desde una montaña de Texas, hoy se construye un reloj pensado para funcionar diez mil años, frente a otro que advierte en segundos sobre la catástrofe nuclear. Entre el espanto de lo que no alcanzamos a proteger y la tentación de proyectarnos hacia los milenios, la escala cósmica sigue esperando que decidamos cómo habitarla.
Marte está, en promedio, a unos 225 millones de kilómetros de la Tierra. Con las trayectorias y tecnologías empleadas en las misiones actuales, el viaje suele tomar entre seis y nueve meses. Una señal de radio, viajando a la velocidad de la luz, tarda entre tres y veintidós minutos en cruzar esa distancia, según la posición de ambos planetas. Una pregunta puede tardar veintidós minutos en llegar. Su respuesta, otros veintidós en volver. No hay conversación en tiempo real. La Tierra seguiría respondiendo. Pero cada respuesta tendría que atravesar esa distancia. Próxima Centauri, la estrella más cercana al Sol, está a 4,24 años luz. Voyager 1 se aleja del Sol a unos diecisiete kilómetros por segundo. A esa velocidad constante, recorrer una distancia como la que nos separa de Próxima Centauri tomaría unos setenta y cinco mil años.
En 1987, Frank White publicó The Overview Effect y dio nombre a un cambio de perspectiva descrito por diversos astronautas al contemplar la Tierra desde el espacio: el planeta aparece como una totalidad frágil, y las divisiones que organizan la vida en su superficie pierden evidencia. Edgar Mitchell, que había viajado a la Luna con el Apolo 14 en 1971, lo describió después con una violencia poco ceremonial: «Desarrollás al instante una conciencia global, una orientación hacia las personas, una insatisfacción intensa con el estado del mundo y una compulsión por hacer algo al respecto. Desde allá, en la Luna, la política internacional parece tan mezquina. Querés agarrar a un político del cogote y arrastrarlo cuatrocientos mil kilómetros y decirle: mirá eso, hijo de puta.» Y William Anders, del Apolo 8, que el 24 de diciembre de 1968 tomó la fotografía Earthrise —la Tierra saliendo detrás de la Luna—, dijo lo que tal vez sea la frase más concisa sobre el cambio de escala: «Vinimos hasta acá para explorar la Luna, y lo más importante fue que descubrimos la Tierra.»
La distancia puede cambiar lo que vemos. También el tiempo desde el que miramos. En 1947, el Bulletin of the Atomic Scientists creó el Reloj del Juicio Final: un reloj simbólico cuyas agujas expresan la evaluación de sus responsables sobre cuán cerca está la humanidad de una catástrofe provocada por sus propias tecnologías. Lo diseñó la artista Martyl Langsdorf para la portada de junio de 1947, fijado a siete minutos de la medianoche. En enero de 2026, sus responsables lo situaron a ochenta y cinco segundos de la medianoche: la posición más cercana a ese límite simbólico en toda su historia. Y en una montaña del oeste de Texas se instala el reloj opuesto: un mecanismo pensado para funcionar durante diez mil años, concebido por Danny Hillis y desarrollado con la Long Now Foundation, financiado principalmente por Jeff Bezos en un terreno de su propiedad. Hillis había imaginado un reloj que hiciera tic una vez al año, moviera una aguja cada siglo y dejara salir un cuco cada milenio. Dos relojes. Uno comprime la amenaza en segundos. El otro extiende la imaginación durante milenios. Entre ambos aparece una dificultad que este libro viene rodeando: actuar sobre un futuro que excede el tiempo de nuestra propia vida.
V. Las dos infinitudes
Blaise Pascal situó al ser humano en una encrucijada sin refugio: suspendido entre la nada de donde fue sacado y el infinito que lo engulle, incapaz de abarcar cualquiera de los dos extremos. En 1990, a seis mil millones de kilómetros del Sol, las cámaras de la Voyager 1 captaron a la Tierra como una mota insignificante flotando sobre una franja de luz dispersa. Ante esa desproporción radical, Pascal encuentra en el pensamiento una dignidad frágil que sabe que muere; Sagan encuentra en la soledad del planeta una exigencia inaplazable de compasión y cuidado. Mirar el abismo y decidir qué hacer con esa mirada sigue siendo, tal vez, el acto más distintivo de nuestra condición.
Blaise Pascal lo escribió en los Pensamientos, en el fragmento que tituló «Desproporción del hombre»: «¿Qué es, en fin, el hombre en la naturaleza? Una nada frente al infinito, un todo frente a la nada, un término medio entre nada y todo. Infinitamente lejos de comprender los extremos, el fin de las cosas y su principio le están invenciblemente ocultos en un secreto impenetrable; igualmente incapaz de ver la nada de donde fue sacado y el infinito en que está engullido.» Es la formulación más precisa de la condición humana como problema de escala. No somos ni el punto ni el cosmos. Habitamos una zona intermedia: podemos extender la mirada en ambas direcciones sin llegar a abarcar sus extremos.
En otro fragmento, Pascal escribió la frase más aterradora de la historia de la filosofía francesa: «Le silence éternel de ces espaces infinis m'effraie.» El silencio eterno de estos espacios infinitos me espanta. En esa frase, el silencio del universo toma la forma del espanto: mirar hacia arriba y no encontrar respuesta. Las estrellas no saben que existís. Pero el mismo Pascal escribió también: «El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza; pero es una caña que piensa.» El universo puede aplastarla sin saberlo. Ella sabe que muere. «Trabajemos, pues, en pensar bien: ese es el principio de la moral.»
El 14 de febrero de 1990, Voyager 1, a unos seis mil millones de kilómetros de la Tierra, volvió sus cámaras hacia el sistema solar para una última serie de fotografías. Poco después, las cámaras fueron apagadas definitivamente. Carl Sagan había impulsado aquella mirada hacia atrás. La Tierra tenía un tamaño aparente de apenas 0,12 píxeles. Su luz quedó registrada sobre una franja producida por la dispersión de la luz solar dentro de la cámara. En Un punto azul pálido, publicado en 1994, Sagan escribió: «Mirá de nuevo ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. En él, todos los que amás, todos los que conocés, todos los que alguna vez escuchaste nombrar, cada ser humano que existió, vivió su vida. La suma de nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones seguras de sí mismas, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada niño esperanzado, cada inventor y explorador, cada maestro de moral, cada político corrupto, cada superestrella, cada líder supremo, cada santo y cada pecador en la historia de nuestra especie vivió ahí: en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol.» Pascal encuentra en el pensamiento una dignidad que no depende del tamaño. Sagan encuentra en la pequeñez de la Tierra una razón para cuidarla. La distancia de la fotografía puede medirse. Lo que debemos hacer con lo que muestra exige otro juicio. Y esa posibilidad —mirar el abismo y decidir cómo vivir ante él— es, quizás, el acto más humano que existe.